Hay que echarle huevos || Público.

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Hay que echarle huevos || Público.por Arryn Ethyll, el Vie Nov 23, 2018 6:51 pm
Acabo por despertarme. La luz del día apenas se ha atrevido a atravesar los gruesos cristales de las ventanas que por la hora que es, se mantienen frías y me atrevería a decir que todavía duermen. Me levanto con cierta rigidez y torpeza del suelo de madera sin abandonar la gruesa manta que me envuelve casi como una capa, con una lentitud mecánica, evitando y deteniéndome cada vez que mi peso hace crujir los tablones: me duele la espalda, hace frío, no me gusta este lugar. Quiero irme pronto de aquí.

Bajo la mirada, y veo que los otros integrantes del grupo no están, salvo Tiar, que lejos de plácido, mantiene una expresión huraña mientras duerme. Al parecer no soy el único que no le agrada dormir en el suelo, pero no nos podemos permitir nada mejor. Al menos tuvimos suerte de encontrar esta casa del árbol abandonada en mitad del bosque, aunque no es que me sienta precisamente afortunado por ello. No obstante, a veces me pregunto: ¿quién diantres solía vivir aquí?

De todas maneras, tampoco he terminado de congeniar muy bien con el resto. Siento que soy muy diferente y posiblemente, el eslabón más débil del grupo —y más desde que me prohibieron acceder a las instalaciones de la RIAM—; que tampoco es como si me importara demasiado, lo único que a veces me siento un poco solo. Al menos en la institución había gente parecida a mí, aunque solo fuera porque todos éramos aprendices de magos.

Mientras pienso sobre estas cuestiones y me paso la mano sobre el omoplato izquierdo, salgo de la diminuta sección que más o menos podríamos calificar como dormitorio, y entro a la sala de estar, que a la vez hace de almacén, que a la vez hace de cocina, que a la vez hace de sala de reuniones. Es sin duda la sala más grande pues cabemos los cuatro sin ningún problema, y sería un excelente lugar para dormir sino fuera porque hay bastantes goteras por donde no solo se cuela la lluvia, sino que también lo hace el frío. En resumidas cuentas, nadie quiere dormir allí. Al menos en el dormitorio estamos todos hacinados y estamos todos más… ¿calentitos?

Si tan solo me acordase de las runas del hechizo de reparación

Me dirijo al perol que hay en el extremo opuesto a la entrada de la casa, esquivando entre medias un baúl, un cubo de madera puesto sin aparente motivo, un ramo de ajos que pende de una viga del techo y una silla de madera solitaria y lejana de la mesa de comer del centro de la habitación; y me pongo de cuclillas, aunque casi me caigo. Al recuperar el equilibrio, coloco mis dos manos en frente de la leña y de algunos restos de hulla que hay sobre una negra cacerola —básicamente para no quemar la casa y por consecuente, no incendiar miles de hectáreas de bosque—.

Cierro los ojos, y visualizo una diminuta llama en el interior de las sombras. Siento el sabor del hollín entre mis labios, e intento rescatar ese sentimiento, darle forma a fuerza de una palabra.

—[mg]Pyro[/mg] —susurro, casi besándola. El latido del fuego en mi corazón desaparece, pero siento como el calor de las llamas se escapa de mis manos, el cómo algunas ascuas pequeñas pero voraces emergen casi de las puntas de mis dedos, saliendo disparadas describiendo errantes maniobras en el aire hasta llegar a aquel lugar donde descansa la fría madera y el oscuro carbón. El aire que liberan mis manos está caliente, casi se percibe un filón de fuego; pero solo es calor sin forma, la sombra de un incendio. Aún así, no es suficiente.

Detengo el hechizo y tras comprobar que algunas de las ascuas han creado unas tímidas líneas anaranjadas entre los pliegues y arrugas de la madera, tomo una profunda bocanada de aire y acerco mi rostro hacia el recipiente de hierro, por encima de éste, muy cerca de la madera que se está desperezando. Siento algo de calor en mi rostro. Tengo las mejillas hinchadas.

—[mg]Eolo[/mg] —Es la palabra que se me escapa, como un soplido desde lo más profundo de mis pulmones. Al pronunciar las runas, siento un poco más de frío, y tras el aire que libero, una ráfaga de aire cruza mis labios. Es fuerte, bravo; todavía no se deja domar, pero como una flecha rompe contra las líneas de fuego, agitándolo todo lo cercano un poco: el ramo de ajos se mueve, el perol colgado de una cadena se agita, un pequeño tocón de madera se tropieza y cae, chocando contra un carbón y alguna rama, y surge una llama que se va derramando por todo el interior de la cacerola oscura —la que está en el suelo, la que soporta la madera, la que está debajo del perol—, creando un cálido fuego que me obliga apartarme de una sacudida. Podría haberme quemado la cara.

Y aunque quería cocinar, antes de ponerme a ello, ajusto la sabana a mi cuerpo, para asegurarme de que no se me caiga, y coloco mis manos sobre el pequeño fuego que he hecho: me reconforta, sus movimientos erráticos me hipnotizan, la opacidad de sus filos, el azul de sus bases me hace no querer apartar la mirada. Y, aun así, hay un frío que vino conforme ejecutaba los primeros hechizos, hay un frío que todavía no me ha abandonado. Pero respecto a este, solo puedo esperar y dejar que el gélido manto de la mañana se derrita en aquel lugar, en aquella casa torpe tras las ramas de un árbol, en las brasas de los carbones.

Tras un rato sin hacer nada, me levanto y me pongo a cocinar; cortando algunas hierbas, troceando algunos ingredientes, intentando moderar el tiritante pulso de mis manos: éstas están pálidas y heladas. Los movimientos son mecánicos, débiles y torpes; y mientras el filo del cuchillo choca con la superficie de la madera de la tabla de cortar tras el asesinato de una patata desnuda, pienso si tras haber insistido tantas veces en el tema, Tiar aceptaría mi reanudada propuesta: después de todo, nos estoy cocinado el desayuno. Aunque debo admitir que no sé cocinar.

¿Qué? Soy mejor alquimista que cocinero, pero desde mi más humilde punto de vista, los huevos revueltos me salen exquisitos. También soy consciente que tal vez un plato tan consistente no apetezca a tales horas, pero… bueno. Soy mejor alquimista que cocinero: como elaborador de pociones, poseo un buen repertorio de recetas. A la hora de llenar el estómago de las personas, creo que solo dependo de una.

A ver, sé hacer huevos fritos, freír carne, servir agua sin salpicar en la mesa, hago unas patatas asadas de rechupete, y creo que puedo hacer unas buenas gachas, pero… uno a veces tiene que hacer maniobras arriesgadas si quiere conquistar.

Evidentemente, hablo de conquistar unos objetivos: tengo que conseguir que Tiar, el más pícaro del equipo, me cuele en la Biblioteca de la Institución sea como sea. No es la primera vez que hablo con él sobre este tema, así que tengo que ganármelo de alguna manera.

Cojo un frasco de cristal con un liquido oleoso y amarillento dentro, y vierto parte de su contenido dentro del perol. Le vuelvo a poner el tapón y lo coloco encima de una balda de madera de la pared donde hay toda una variedad de frascos, tanto por sus formas como por sus contenidos.

Cojo un huevo de no se sabe dónde.

Que sea lo que dios quiera.

Y golpeo con él el borde metálico y poroso del perol, y la cáscara cruje.
Arryn Ethyll
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Después de varios minutos y tras el ajetreado sonido de una cocina, Arryn consigue sacar dos platos de huevos revueltos con patatas medio cocidas, medio fritas. Posiblemente no sea lo más delicioso del mundo, pero... ¡Podría ser peor! ¿Supongo?

Quizás se pueda hacer algo para mejorar el resultado final...
El Narrador
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